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Afrontar la pérdida.



Éste es uno de esos temas que no suelen resultar precisamente gratos de tratar pues la pérdida de una persona cercana, un familiar, un ser querido no es un momento sencillo. Y sin embargo, de una u otra manera, todos pasamos por ello en diversos momentos de nuestra vida.

Antaño la muerte era un hecho cotidiano, cercano, podría decirse que familiar. Incluso se llegaba a comer y beber cerca del finado. Se le tocaba. Se le besaba. La gente llevaba a los niños –sin temor a posibles traumas- a que dieran el último adiós.

Hoy… ya lo sabéis. La muerte es algo que se esconde. A los niños se les aleja de ella. Creemos que escondiéndola les protegemos, cuando lo que realmente hacemos es dejarles desamparados cuando llega el momento. Las personas mayores o enfermas terminales fallecen en hospitales, lejos del hogar, en una cama que no es la suya y muchas veces rodeados de extraños. Pero este es otro tema que podemos tratar en otra ocasión.

La muerte puede llegar de la mano de una enfermedad más o menos prolongada o de una forma súbita. Si tenemos tiempo para prepararles (y prepararnos) la situación puede ser más sencilla puesto que a los niños podemos ir dándoles la información de manera gradual, partiendo de informar que ese familiar ha enfermado hasta decirles que no volverá. Según la edad entenderá de una manera u otra qué es la muerte. Pero debe quedarles claro que no está dormido, que no está de viaje y algún día regresará. No hay que darles información innecesaria que pueda afectarles de manera traumática (como describir los síntomas de la enfermedad o la agonía final). Sencillos. Usando imágenes que puedan entender (por ejemplo si una mascota ha fallecido) y asimilar. Aunque con él tiempo y según se desarrollen y maduren nos harán preguntas más concretas y precisarán detalles. No debemos tener prisa. Adaptémonos a su edad.

El problema realmente serio y que suele provocar un duelo más difícil es la muerte inesperada. Hablamos de duelo para referirnos a un periodo de tiempo, más o menos largo, en el que debemos aceptar lo que ha pasado. Y no es sencillo en este caso. No nos hemos despedido. Puede que incluso la última vez que viéramos a ese ser querido hubiéramos tenido una discusión, unas malas palabras… Ese periodo fluctúa de una persona a otra. El hecho de tener unas creencias religiosas o filosóficas resulta de ayuda. Pero lo que más nos ayuda es tener un entorno de apoyo (amigos, familia, vecinos, médico de familia capaz de empatizar y tomarse su tiempo) en el que poder descargar nuestro dolor. Para los niños ese entorno es más reducido. Sus padres, familiares, sus compañeros del colegio, sus profesores… Su interacción con el mundo suele verse afectada durante un tiempo. No hay que tener prisa para que vuelva a ser normal. Es normal. No debemos cortar sus arranques emocionales (como el llanto, contarnos las pesadillas relacionadas con la muerte…) pues es una manera de sacar las emociones que le turban y que necesita compartir. Y aquellas emociones que nos desbordan y a las que no dejamos salir… nos acaban enfermando. No debemos ser sobreprotectores. No debemos mentir.

Esta entrada al blog de esta semana no pretende ser una guía de actuación. Es más una llamada a la reflexión para que seamos capaces de reconocer si estamos preparados para afrontar esta situación.

Es frecuente que muchas personas acudan al socorro de la medicación para pasar este trance. Pero debemos recordar que no es una enfermedad (salvo que hablemos de un duelo que se extienda en el tiempo más de lo normal), que es un sentimiento natural y necesario. Que enfrentarse a una ausencia después de años de convivencia, al vacío que dejan, a la soledad… es algo que nos acaba transformando. Recurrir a la medicación, salvo en casos de urgencia y prescripción facultativa, sólo posterga el enfrentarnos a la realidad: se ha ido. Para siempre.

Mas recordad: no estáis solos. Y si no sabéis cómo afrontarlo… ahí estamos.

Sed felices.

César Benegas Bautista | Psicólogo Col. Nº M-22317

Centro Psicológico Loreto Charques

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