• Centro Psicológico Loreto

Nada es tan grave.



Seguro que os ha ocurrido.

Pasa una de esas semanas en las que nada sale como planificas o como deseas, en las que parece que digas lo que digas afecta negativamente a alguien y te muestra su lado más frío, desagradable. En las que la salud de un ser cercano se ha visto afectada. En las que parece que el mundo se deshace a tu alrededor.

Cuando duele la tripa y hasta podemos llegar a entrar en ese síntoma al que llamamos colon irritable. Cuando llegan esas noches en las que no logras dormir o, si lo haces, despiertas cada poco, mirando el luminoso del despertador, esperando al amanecer y, tal vez, temiéndolo.

La maldición del “ya no puedo más”, del “todo me va mal”… ese bombardeo de mensajes que nuestra mente fabrica y a los que llamaremos “pensamientos irracionales”.

Para empezar debemos de entender algo: la mente es maravillosa y el cerebro es sólo una maravillosa máquina (perdonadme la imagen) que se creerá todo, absolutamente todo lo que le diga la mente. Nosotros. Si nos dejamos llevar por las emociones que generan esos pensamientos sucederá que sentiremos miedo, más o menos intenso, pero miedo. Miedo a perder la familia, el trabajo, la salud, la cordura. Y el cerebro reacciona. Entiende que estamos en pie de guerra y activa todos los recursos posibles para defendernos de ese terrible enemigo que nos acecha –como lo ha hecho los últimos cientos de miles de años-. Nos mantiene en vela por si ese enemigo aprovecha la oscuridad para atacar. La musculatura de todo el cuerpo está tensa. La sangre está a disposición de los principales músculos, retirándola –parcialmente- de aquellos que no sirven para lucha –como pasa con la sexualidad-. El corazón bombea enloquecido porque ha de mover todo ese volumen de sangre y aparece la taquicardia. Necesitamos oxígeno que ha de ser llevado a todo el cuerpo en cada latido. Todo nuestro ejército preparado para despedazar al enemigo.

Pero no hay enemigo.

Y el oxígeno se queda en el torrente sanguíneo, intoxica nuestro cerebro. Los músculos no se relajan porque siguen así, preparados, y aparecen las temibles contracturas. Necesitamos comer y lo hacemos a toda prisa, engullendo sin casi masticar e insalivar los alimentos con lo que los trastornos digestivos están listos para tomarnos al asalto. Olvidémonos de nuestra sexualidad. ¿Para qué la quiere nuestro cerebro? No podemos entregarnos al deleite si “pensamos” que es el fin, que estamos ante una situación grave…

Y, ¿cómo paramos todo esto? ¿Cómo frenamos esa actividad enloquecida de nuestro cerebro? Bien, hagamos lo que no hemos hecho y que es lo más importante así que nos sintamos mal, angustiados, atrapados en las garras de la ansiedad: pesar y hacerlo bien: ¿es tan grave lo que nos sucede? Si lo pensamos, una dificultad, un problema, una mala cara, una mala semana… ¿son el fin?

Los psicólogos nos encontramos cada semana con este momento. Y se impone enseñar a pensar de otra manera, más sana, más equilibrada. Desde la aceptación de que no somos perfectos. Que podemos equivocarnos. Que no podemos contentar a todos los que nos rodean sin que eso signifique que nos vayan a rechazar. Ajustemos la realidad. Démosle el valor real. Es mucho mejor enseñar a nuestra mente a mandar pensamientos reales y realistas… que parar a nuestro cerebro con químicos (aunque en ciertas situaciones la medicación es indispensable).

Entonces, si os encontráis en una situación así. Si no lográis salir de esa pesadilla (que, recordad, tal vez no sea real) es el momento de acudir a un profesional. Dejaros ayudar. Dejaros guiar hasta la felicidad de la vida equilibrada. Porque, en el fondo, NADA ES TAN GRAVE. Y nuestro cerebro debe aprender a saberlo.

Sed felices…

César Benegas Bautista | Psicólogo Col. Nº M-22317

Centro Psicológico Loreto Charques

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