• Centro Psicológico Loreto

Una mente divergente.



Me llamo Lucas.

Aunque podría llamarme de cualquier manera, ¿no crees? Pero el día que me fijé en mi nombre no pude parar de pensar en qué significaba, por qué me lo habían puesto mis padres, qué pensarían los demás de mi nombre. No podía parar de pensar. Esta mañana he salido pronto de casa. Tenía que llegar en hora a clase de filosofía porque ya le han mandado a mis padres varias incidencias por mis retrasos y no podía permitirme una más. Pero cuando subí al autobús y abrí mi libro me olvidé de que tenía que bajar, me olvidé de la filosofía, me olvidé. Lo prometo, no me di cuenta. Llegué media hora más tarde, pero ya no me dejaron entrar, así que esta tarde seguro que hay bronca en casa y no podré hacer nada. Ya no me creen. ¿Cómo va a ser posible que siempre me pasen esas cosas, que el tiempo sea muy corto para todo lo que hay que hacer y llegue tarde? Y allí me quedé, esperando a que sonara el timbre para entrar a la siguiente clase. ¿Os habéis fijado en lo interesante que es un pasillo? Los pasos resuenan como un eco, no el eco de las montañas, es diferente, es más corto y agudo. Los sonidos se entremezclan y resuenan como una cacofonía. ¿Por qué lo hace? ¿Qué es el sonido? Va, viene, se mezcla. Ser músico tiene que ser increíble.

Una patada me devolvió al pasillo.

-Vamos pringao, que llegas tarde otra vez. Será retrasado…

¿Seré retrasado?

Mis notas son bajas. Me aburro en clase. Me cuesta hacer amigos porque me aburro con ellos. Sólo saben hablar de fútbol y de chicas. Odio el fútbol y las chicas son un misterio que no puedo entender.

Corrí a clase. Matemáticas. Se me ha olvidado traer el cuaderno y tengo que pedir unos folios a mi compañera que me suelta un bufido. Es culpa mía. Le pido folios casi todos los días. No logro entender para qué me hablan de estadística, de matrices. ¿Lo has pensado? ¿Qué es la estadística? Reducir la vida a probabilidades. Y nada es tan improbable como la vida. Una vez se lo dije a la profesora y se rió de mi. Todos se rieron. ¿Será verdad que soy un retrasado?

En la pausa del recreo he ido a la biblioteca a buscar información sobre el retraso mental. No había mucho. Pero como no podía bajar al patio con los demás porque no me soportan preferí quedarme. Cuando me di cuenta era tarde. Literatura. Otra clase a la que no llegaría. Y mis padres me dirían “pero si ya estabas en el colegio, cómo pudiste llegar tarde, cómo”. Les defraudo. Cada día. Nunca seré el hijo que ellos esperaban. Soy un fracasado.

Lo mejor es irme del colegio. Nadie se dará cuenta.

En el parque de al lado están los otros fracasados de mi clase y de la de al lado. Están fumando porros. ¿Verdad que es una palabra rara? Me siento con ellos. Se ríen todo el rato y puedo decirles lo que pienso. Escuchan. Mueven la cabeza y sus ojos brillan. Sé que es la droga. Pero allí no soy un pringao.

Vuelvo al colegio a recoger mis cosas. Mis padres están allí. Y está la psicóloga del colegio con ellos. Caminamos por el pasillo –allí está otra vez el sonido, el eco- y tengo tanto miedo que me gustaría morirme allí mismo. Sólo un rato. Hasta que todo pase.

Pero no me echan la bronca. La psicóloga me pregunta cosas. Interesantes. Si me concentro. Si pierdo las cosas. Si llego tarde. Si me aburro en clase. Sí. Sí. Y sí. Pero es más que eso. Me atrevo a interrumpirle.

“Es que en el mundo todo es interesante, todo son preguntas que tienen respuesta y nadie las busca. Y se ríen de mí por preguntar. Soy un pringao. Un retrasado”. No se ríe. Me mira y me alarga un papel. Ah, es un acertijo, “el acertijo de Einstein” pone arriba. Es sencillo. En unos minutos llego a la respuesta.

Lucas… te voy a explicar qué te pasa… -me dijo-.

La historia de Lucas es como la de otros niños. No son como los demás. Pero no siempre tienen la posibilidad de que un profesional de la psicología pueda ayudarles a entender lo que son. Antes se les llamaba superdotados. Ahora, que conocemos las inteligencias múltiples, se les llama personas con capacidades mentales superiores. Sus mentes son como deportivos que vuelan tras ideas y pensamientos. Pero si no sabes conducir un deportivo… puedes estrellarte. Contra la vida.

Los psicólogos tenemos que evaluar en este caso su capacidad intelectual así como la posibilidad de que pueda sufrir un trastorno por déficit de atención. Si es el caso debemos enseñar a esos niños y niñas a usar su mente, a aceptarse. Y a los padres a descubrir al hijo que tienen.

Parecen fracasados. Vagos. Desinteresados de aquello que no les gusta. Perdidos. A veces solitarios. Parecen.

¿Tenéis un hijo así? No le juzguéis. Esperad. Buscad el consejo, la ayuda de un profesional. Y todo puede cambiar en la vida de vuestros hijos.

Sed felices

César Benegas Bautista | Psicólogo Col. Nº M-22317

Centro Psicológico Loreto Charques

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