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Envidia.



Todas las #emociones son adaptativas, y nos ayudan a integrarnos de una manera más ajustada a la vida. Como ya hemos podido experimentar, no todas la emociones son agradables. Junto con la vergüenza y la culpa, la #envidia es una de las más significativas en nuestro día a día. Es una de las grandes fuentes de la #infelicidad.


Detrás de la envidia, se encuentra un instinto de búsqueda de justicia. Es fácil ver estas pasiones en el comportamiento de los niños. Ellos son más claros y directos. Pero las emociones tienen tanta fuerza en los niños, como en los adultos. Algunos autores piensan que la envidia se encuentra detrás de la construcción de los sistemas democráticos.


Como en todas las emociones, nos movemos en una línea continua, que va desde el cuidado de nuestros derechos, hasta la búsqueda del daño a los demás. En su máxima expresión, se buscará privar a los demás de sus privilegios, buscando acapararlos para nosotros mismos.


Esta emoción no nos ayudará a dar respuestas a preguntas como: “¿por qué mi vecino puede ir a trabajar en coche y yo tengo que ir caminando a trabajar?”, o “¿por qué si tenemos el mismo trabajo, aquella persona tiene una remuneración más alta?”. Más bien nos llevará seguramente a más preguntas cuya respuesta nos hace sentirnos mal. En su justa medida es una herramienta que nos guiará en la lucha por nuestros derechos. En una forma hipertrofiada, distorsionará nuestra percepción de la realidad y nos mantendrá en un perpetuo sufrimiento.


Es posible que para dar salida a la envidia, haya que recurrir a otras emociones como la admiración, la compasión, la generosidad, u otras pasiones más orientadas al beneficio del grupo, más que al beneficio personal. En este aspecto las filosofías orientales nos llevan ventaja. Cuanto más tomamos como referencia al grupo, y cuanto más grande es éste (familia, pueblo, nación, humanidad…) más fácil es salir del laberinto de los celos. La cultura occidental está más bien orientada en la competitividad individual, lo que alimenta la posibilidad de los celos.


No solo dentro de la cultura queda marcado el funcionamiento de esta emoción. Dentro de cada familia hay una subcultura que condicionará el crecimiento potencial de este recurso. Me gusta mucho la metáfora en la que se compara las emociones con los músculos. Cuanto más músculo tenga la emoción, más crece su susceptibilidad e intensidad. Si dentro de la familia se fomenta en exceso la competitividad, o sencillamente se establece una estructura familiar donde no hay ecuanimidad, es muy fácil que en el niño se hipertrofie la envidia. Esto puede facilitar que el niño, cuando salga al mundo, esté en una continua búsqueda de injusticias de las que proclamarse víctima. Una emoción que es un recurso importantísimo para adaptarse al mundo y luchar por los derechos, se convierte en una fuente de infelicidad, por la que se tiende a interpretar la realidad desde el maltrato y la depravación.


Pero es sencillo opinar que la forma de contrarrestarlo es la felicidad, la admiración o la generosidad. Las emociones no funcionan de forma lógica. Como suele ser habitual, el primer paso, es darse cuenta de la propia forma de funcionar. Una vez tomamos conciencia, va siendo más sencillo manejarlo. El siguiente paso, podría ser, ir progresivamente dejando de compararme. Es bueno empezar a pasar de vivir la experiencias de forma relativa, en referencia a los demás, a comenzar a vivir y disfrutar en términos absolutos “ me satisface o no”. Podría decirse que la envidia nos impide sentir las cosas tal como son, estamos encadenados a la comparación. Es difícil salir del círculo de la envidia, pues siempre va a haber alguien que gane más dinero, que tenga algún atractivo que nosotros no tenemos, que se beneficie de algo a lo que no tenemos acceso... es una lucha sin fin.


A mí personalmente, me gusta mucho trabajar con mis emociones como algo separado de mi mismo. Resulta mucho más fácil tomar perspectiva cuando las cosas le pasan a otro. En ocasiones somos más capaces de sentir compasión por otros, que por nosotros mismos.

Generalmente tenemos un nivel de exigencia y autocrítica más alto hacia nosotros mismos, que hacia los demás. Por esta razón, lo primero que hago es separarme de esa parte de mi que siente envidia. La visualizo, me imagino junto a ella en un lugar agradable. Si consigo extraer esa emoción y ponerla en otro yo, es mucho más sencillo no sentirme embargado por la emoción, y poder sentir curiosidad, y mostrar compasión. Puedo entablar una conversación en la que le pregunte a esa parte de mí: qué siente, dónde lo siente en el cuerpo, y que causa ese malestar. Generalmente las causas no son realmente tan importantes para resolver la emoción. Recordemos que estamos trabajando con una emoción, que no tienen porque reaccionar con lógica, ni ante la lógica. Desde la toma de distancia, conseguiremos generar compasión hacia esa parte de nosotros, podemos expresar ese cariño del que está falto, ese reconocimiento no sentido, pero no tanto con palabras, como con actos, con hechos. Podemos darle el abrazo que tal vez necesita, esa caricia, ese aplauso, ese consuelo.


A veces el origen de esa parte envidiosa de nosotros mismos, es tan evidente (trato injusto de padres hacia hermanos, situaciones de injusticia con profesores) es muy posible que visualicemos esa parte de nosotros, no con un aspecto adulto, sino en una forma infantil. Es posible que visualicemos una parte infantil nuestra, enfurruñada, que lo único que necesita es que se le trate con el cariño y la consideración con la que no se le trató en su momento. Es posible que en nuestro yo actual, nuestro yo adulto, podamos reparar y resarcir de esas necesidades que nuestro yo infantil vivió y aun no ha resuelto. Te animo a que experimentes, juegues y cuides de tu yo infantil, te lo lleves de viaje, le des un premio, y sobre todo el cariño que no pudo sentir en su momento. Te sorprenderás de los resultados que puedes obtener.


Ayuda a ese niño a sentir si realmente tiene lo que necesita para estar bien, o debe entrar en lucha con la realidad de los demás. A veces habrá que pelear por nuestros derechos, otras será necesario trabajar con nuestro mundo interior.


Javier Hernández Matas | Psicólogo Col. Nº M-20253

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