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Psicopatía: ¿Hereditaria o aprendida?



Todos hemos oído hablar de “los #psicópatas”. Son personajes frecuentes en las películas, o las series de televisión. Tenemos la imagen de personas crueles, sádicas, relacionadas con los crímenes más horribles. Es cierto que los perfiles más extremos llegan a este tipo de actos, sin embargo convivimos con personas poco empáticas, altamente competitivas en nuestra cotidianidad. Son ambiciosos, no tienen problemas en transgredir las normas o aprovecharse de los demás y lo hacen fríamente, y muchas veces sin que se les pille. Pertenecen también a este grupo en mayor o menor medida, pero están suficientemente adaptados a la sociedad, incluso llegan a ser personajes de mucho éxito social, laboral e incluso académico.


Como en muchas otras #patologías, se encuentra una clara interacción genética-ambiente. Se considera que todo psicópata se encuentra en algún punto de un continuo en el que en un polo están los sujetos con menor carga hereditaria. Nacen con un temperamentos menos difícil (personas pacientes, tolerantes, generosas, empáticas…), que por sus vivencias traumáticas desarrollan esta patología (malos tratos, abusos y otros traumas en las relaciones humanas). En el polo opuesto se encuentran los sujetos que han nacido con un temperamento complicado (ausencia de empatía, crueldad, ambición extrema, falta de vergüenza…) y que no requieren de vivencias precipitantes, o al menos no requieren de tanta cantidad o intensidad, como otros sujetos menos proclives al desarrollo del trastorno.



Para el diagnóstico, los profesionales se guían por los siguientes síntomas y signos:


  • Fracaso para adaptarse a las normas sociales en lo que respecta al comportamiento legal, como lo indica el perpetrar repetidamente actos que son motivo de detención.

  • Deshonestidad, indicada por mentir repetidamente, utilizar un alias, estafar a otros para obtener un beneficio personal o por placer.

  • Impulsividad o incapacidad para planificar el futuro. Irritabilidad y agresividad, indicados por peleas físicas repetidas o agresiones.

  • Despreocupación imprudente por su seguridad o la de los demás.

  • Irresponsabilidad persistente, indicada por la incapacidad de mantener un trabajo con constancia o de hacerse cargo de obligaciones económica.

  • Falta de remordimientos, como lo indica la indiferencia o la justificación del haber dañado, maltratado o robado a otros.


Si te sientes identificado en algún aspecto, no te alarmes. Todos recurrimos en ocasiones a estrategias como la mentira, la manipulación, chantajes emocionales... Pero generalmente sentimos remordimientos, vergüenza, compasión, culpa, arrepentimiento. En definitiva, la salud está en el equilibrio entre el cuidado personal, dentro de un contexto de integración social en el que buscamos el bien común, teniendo siempre presentes los derechos y sentimientos de los demás, preservando los propios.

Javier Hernández Matas | Psicólogo Col. Nº M-20253

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