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Sobrepensar y TDAH: cuando pensar deja de ayudar.

  • Foto del escritor: Centro Psicológico Loreto
    Centro Psicológico Loreto
  • 18 feb.
  • 3 Min. de lectura
Sobrepensar y TDAH: cuando pensar deja de ayudar.
Sobrepensar y TDAH: cuando pensar deja de ayudar.

Sobrepensar y TDAH: cuando pensar deja de ayudar.


A veces nos convencemos de que cuanto más analizamos un problema, más responsables estamos siendo. Pero la verdad es que hay una línea muy fina entre reflexionar para solucionar algo y acabar atrapado en un bucle de pensamientos.


Sobrepensar, o como lo llamamos desde la psicología clínica, la rumiación, es básicamente un patrón de pensamiento repetitivo y circular. No busca arreglar nada, sino que intenta calmar una sensación incómoda de ansiedad o culpa. Es como una mecedora: te mantiene ocupado, pero no te lleva a ningún sitio. En psicología sabemos que esto suele centrarse en preguntas sin respuesta tipo: ¿por qué dije eso? o ¿y si pasa lo peor? Al final, la mente busca una certeza absoluta que, sencillamente, no existe.


¿Por qué rumiamos tanto?


No es que seamos débiles, es que el cerebro intenta protegernos. Pensar nos da una ilusión de control. Creemos que si lo analizamos suficiente estaremos a salvo, pero la mayoría de las cosas que nos preocupan (qué piensan los demás, el futuro...) no tienen una solución definitiva.

 

La conexión con el TDAH (no es solo despiste)


El TDAH no es un trastorno de rumiación por definición, pero sí que le abre la puerta de par en par. Hay varios motivos científicos para explicar esto:


  • Dificultad en la atención: A la gente con TDAH les cuesta más mover la atención voluntariamente. Si un pensamiento te genera una emoción fuerte, te "enganchas" y cuesta horrores salir de ahí.

  • Impulsividad mental: La mente salta de un escenario catastrófico a otro sin frenos.

  • Sensibilidad al rechazo: Hay una mayor reactividad emocional a la posibilidad de ser evaluado negativamente. Esto hace que después de una cena o una reunión, la cabeza empiece a dar vueltas a cada detalle de lo que pasó.

  • Problemas para "cerrar" tareas: Igual que cuesta terminar un informe, a las funciones ejecutivas les cuesta dar por finalizado un pensamiento.


En resumen, el TDAH no causa la rumiación, pero hace que sea mucho más difícil interrumpirla una vez que arranca el bucle.

 

Estrategias para bajar el ruido mental


No se trata de no pensar (eso es imposible), sino de cambiar como nos relacionamos con esos pensamientos. Aquí te dejo lo que mejor funciona:


  1. ¿Es útil o es bucle?: Hazte preguntas clave. ¿Esto me ayuda a decidir algo ahora mismo? ¿Busco una solución o una certeza imposible? Si no hay acción, es rumiación.

  2. Etiqueta el proceso: En vez de creerte el pensamiento, di: "Estoy rumiando, mi mente busca certezas". Esto te separa un poco del pensamiento .

  3. La regla de los 2 minutos: Date permiso para pensar, pero cronometrado. Si en dos minutos no hay un plan de acción, se corta el grifo.

  4. Acción física inmediata: Como la rumiación suele ser algo mental y estático, hay que romper el estado corporal. Levantarse, caminar 5 minutos, lavar los platos o incluso leer algo en voz alta ayuda a resetear el circuito.

  5. Posponer (mi favorita): No te prohíbas pensar en ello, pero apúntalo en un papel para revisarlo más tarde. Casi siempre, cuando llega la hora de leerlo, la urgencia ha desaparecido.

  6. Aceptar que no controlas todo: Es la más difícil, pero hay que aprender a convivir con el "puede que no lo hiciera perfecto" o el "no sé qué pasará". Es aceptar el límite humano.


En conclusión


En definitiva, tenemos que entender que la rumiación no es una muestra de responsabilidad, sino un patrón cognitivo que acaba siendo agotador. Para las personas con TDAH, aceptar que la mente tiene esta tendencia a "engancharse" es fundamental para empezar a poner límites claros. No se trata de intentar eliminar los pensamientos por completo, algo que es prácticamente imposible, sino de aprender a no darles el mando de nuestra conducta ni de nuestro bienestar emocional.


La clave reside en el compromiso con la acción y en la tolerancia a la incertidumbre. Aceptar que habrá preguntas que no tengan una respuesta definitiva nos permite soltar esa carga y centrar la energía en lo que sí está en nuestra mano. Al final, gestionar la rumiación es un proceso continuo de autoconocimiento; un ejercicio de volver al presente cada vez que la cabeza intente arrastrarnos hacia un pasado inmodificable o un futuro que todavía no existe.


Pablo Javier Delgado Álvaro

Psicólogo Col. Nº M-43262

Centro Psicológico Loreto Charques

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