Vivir sin certezas. La incomodidad de la incertidumbre ante el futuro.

Vivir sin certezas. La incomodidad de la incertidumbre ante el futuro.
¿Qué ocurrirá mañana? ¿Encontraré trabajo? ¿Podré mantener mi situación económica? ¿Tomaré la decisión adecuada? ¿Cómo será mi vida dentro de cinco o diez años? Son preguntas aparentemente sencillas, pero detrás de ellas se encuentra una de las experiencias psicológicas más universales: la incertidumbre ante el futuro.
El futuro, como todo lo que desconocemos, suele despertar en nosotros sentimientos de inseguridad e incertidumbre. Por eso, a menudo intentamos anticiparnos a lo que está por venir. Necesitamos planificar nuestra vida, fijarnos objetivos y tomar decisiones que nos ayuden a sentir que tenemos cierto control sobre lo que nos rodea.
Sin embargo, por mucho que intentemos prever lo que sucederá, nunca podremos conocer el futuro con total certeza.
La incertidumbre no es necesariamente algo negativo. De hecho, anticipar posibles dificultades puede ayudarnos a prepararnos y tomar mejores decisiones. El problema aparece cuando la necesidad de saber qué sucederá se convierte en una exigencia imposible de satisfacer. En ese momento, la incertidumbre puede transformarse en preocupación, ansiedad, evitación o sensación de falta de control.
En la actualidad, esta cuestión adquiere una especial relevancia debido a las transformaciones económicas, sociales y tecnológicas. Todo ello unido a la cantidad exagerada de información que recibimos diariamente, puede hacer que muchas personas perciban el futuro como especialmente difícil de predecir.
La necesidad de predecir
Una de las características fundamentales de nuestra mente es su capacidad para anticipar lo que puede suceder. No nos limitamos a reaccionar ante lo que ocurre en el presente, sino que constantemente tratamos de imaginar qué podría pasar después.
Esta capacidad cumple una función adaptativa, ya que nos permite prepararnos para posibles situaciones futuras. Por ejemplo, si percibimos una amenaza, anticiparnos a lo que podría ocurrir nos ayuda a reaccionar y protegernos. Del mismo modo, prever las posibles consecuencias de nuestras decisiones nos facilita planificar, establecer objetivos y elegir cómo actuar.
No obstante, esta capacidad también puede tener un lado menos favorable. Nuestra mente puede imaginar situaciones futuras que todavía no han ocurrido y hacernos reaccionar emocionalmente ante ellas como si fueran reales. Así, podemos sentir miedo o ansiedad ante algo que aún no ha sucedido, incluso sin saber si llegará a ocurrir.
Aquí aparece una distinción fundamental: la posibilidad de que algo ocurra no significa que vaya a ocurrir.
Sin embargo, cuando estamos preocupados, esta diferencia puede resultar difícil de mantener. Un pensamiento como “¿y si pierdo mi trabajo?” puede transformarse progresivamente en “voy a perder mi trabajo”, y posteriormente en “si pierdo mi trabajo, no podré mantener mi vida actual”. La mente construye entonces una cadena de acontecimientos futuros que convierte una posibilidad en una amenaza aparentemente real.
Y es así como muchas veces la anticipación, que inicialmente podía servir para prepararnos, termina convirtiéndose en una fuente de malestar.
La intolerancia a la incertidumbre
No todos experimentamos la incertidumbre de la misma manera. Algunas personas pueden aceptar con relativa facilidad que hay aspectos de su vida están fuera de su control, mientras que otras necesitan disponer de mucha información y seguridad antes de tomar una decisión.
Cuando la tolerancia a la incertidumbre es baja, puede aparecer una necesidad constante de buscar respuestas. Se investiga, se pregunta, se comprueban las posibilidades y se intenta anticipar cada escenario. Paradójicamente, esta búsqueda de seguridad puede terminar aumentando la preocupación.
Por ejemplo, alguien que tiene que tomar una decisión importante puede buscar información durante horas con la intención de sentirse completamente seguro. Sin embargo, cada nueva información abre nuevas posibilidades y preguntas. La persona descubre que existen más factores que no había considerado y vuelve a buscar información, lo cual genera un círculo difícil de romper.
Buscar información y planificar lo que vamos a hacer no es un problema en sí mismo; de hecho, son conductas útiles que nos ayudan a prepararnos y tomar decisiones. La dificultad aparece cuando se convierten en intentos constantes de eliminar una incertidumbre que, por naturaleza no puede desaparecer completamente.
Cuando la preocupación intenta protegernos
La ansiedad, como todas las emociones básicas, cumple una función adaptativa en nuestro organismo. No aparece para hacernos sufrir, sino porque nuestro sistema nervioso intenta protegernos.
Pensar repetidamente en un problema puede producir la sensación de que estamos haciendo algo para solucionarlo. Si una persona teme no encontrar trabajo, por ejemplo, puede pasar horas imaginando diferentes escenarios y consecuencias. Aunque esos pensamientos no resuelvan el problema, pueden generar una sensación subjetiva de preparación.
Muchas veces la preocupación puede hacernos sentir que tenemos cierto control sobre aquello que nos inquieta. Pensar en todas las posibilidades parece preferible a enfrentarse a la sensación de no saber.
Sin embargo, existe una diferencia entre prepararse para el futuro y vivir mentalmente en él.
Prepararse implica identificar aquello que podemos hacer en el presente, mientras preocuparse excesivamente puede significar repetir mentalmente escenarios que no podemos resolver porque todavía no han sucedido.
La incertidumbre de nuestro tiempo
Aunque la incertidumbre siempre ha formado parte de la experiencia humana, las características de la sociedad contemporánea pueden hacer que algunas preocupaciones sean especialmente visibles.
La situación económica, el acceso a la vivienda, la estabilidad laboral, las transformaciones del mercado de trabajo, las guerras, el cambio climático o la rápida evolución tecnológica forman parte de las conversaciones cotidianas.
A ello se añade un fenómeno relativamente nuevo: la posibilidad de recibir información prácticamente ilimitada sobre lo que ocurre en el mundo.
Paradójicamente, disponer de más información no garantiza sentirnos más seguros.
Podríamos pensar que conocer más datos sobre el futuro nos permitiría controlarlo mejor. Sin embargo, muchas veces ocurre lo contrario. Cuanta más información recibimos, más escenarios posibles aparecen.
Las noticias muestran acontecimientos que suceden en lugares muy alejados, las redes sociales nos exponen continuamente a las experiencias de otras personas y los avances tecnológicos plantean preguntas sobre trabajos y formas de vida que todavía están por definirse.
El resultado puede ser una sensación de inestabilidad permanente. No sólo desconocemos qué ocurrirá, sino que tenemos la impresión de que existen innumerables posibilidades que debemos intentar prever.
La comparación social y el miedo a quedarse atrás
La incertidumbre sobre el futuro también está relacionada con la comparación social, es decir, con la tendencia a evaluar nuestra propia situación tomando como referencia la de otras personas. Aunque compararnos con los demás puede ayudarnos a orientarnos, también puede convertirse en una fuente de presión, especialmente cuando lo hacemos desde nuestra propia perspectiva y sin tener en cuenta las circunstancias personales que desconocemos de los demás.
Las redes sociales han intensificado este fenómeno. A través de ellas, estamos expuestos constantemente a imágenes de logros, viajes, relaciones, proyectos profesionales y estilos de vida que pueden parecernos deseables. Aunque sabemos que estas publicaciones no reflejan necesariamente la realidad completa de quienes las comparten, a menudo las comparamos con nuestra propia vida cotidiana, con sus dificultades, dudas y aspectos menos visibles.
De este modo, la incertidumbre deja de centrarse únicamente en lo que pueda ocurrir en el futuro y pasa a estar relacionada también con cómo percibimos nuestra propia trayectoria. Ya no solo nos preguntamos qué sucederá mañana, sino también si estamos avanzando al ritmo adecuado, si estamos tomando las decisiones correctas o si nuestra vida se ajusta a las expectativas que nos hemos creado a partir de la comparación con los demás.
Aprender a convivir con la incertidumbre
Si la incertidumbre forma parte inevitable de la vida, quizá el objetivo no debería ser eliminarla, sino aprender a convivir con ella. Para ello, es importante desarrollar una mayor tolerancia a no saber qué ocurrirá y fortalecer la confianza en nuestra capacidad para afrontar las situaciones que puedan presentarse.
Aprender a convivir con la incertidumbre implica aceptar que, en ocasiones, tendremos que tomar decisiones sin disponer de toda la información.
También es importante volver al presente. Cuando nuestra mente se centra constantemente en anticipar lo que podría ocurrir, corremos el riesgo de dejar de prestar atención a lo que está sucediendo aquí y ahora. De este modo, el futuro puede llegar a ocupar gran parte de nuestro espacio mental, incluso cuando no podemos hacer nada en el momento presente para cambiarlo.
Ante estas situaciones, una estrategia útil consiste en preguntarnos: «¿Qué puedo hacer ahora mismo al respecto?». Si existe alguna acción que pueda ayudarnos a afrontar la situación, podemos centrarnos en llevarla a cabo. Si, por el contrario, no hay nada que podamos hacer en ese momento, quizá lo más útil sea aceptar temporalmente la incertidumbre, en lugar de seguir dando vueltas a un problema que todavía no tiene solución.
Aunque esto no elimine la incertidumbre ni garantice que las cosas salgan como esperamos, aprender a regular nuestras emociones y a convivir con aquello que no podemos controlar puede ayudarnos a afrontar el futuro con mayor serenidad y confianza.
Conclusión
La incertidumbre sobre el futuro forma parte de la experiencia humana. Necesitamos anticipar lo que puede suceder, planificar y tomar decisiones, pero, por mucho que lo intentemos, nunca podremos conocer con certeza todo aquello que todavía no ha ocurrido.
La dificultad no reside en preocuparnos por el futuro, ya que anticiparnos a lo que pueda suceder puede ayudarnos a prepararnos y tomar decisiones. El problema aparece cuando intentamos convertir esa incertidumbre en una certeza absoluta y sentimos la necesidad constante de anticipar, comprobar y controlar todo lo que nos rodea.
En una sociedad marcada por los rápidos cambios económicos, tecnológicos y sociales, aprender a convivir con la incertidumbre se convierte en una habilidad especialmente importante. Quizá el objetivo no sea alcanzar un futuro completamente seguro, algo que nunca estará del todo bajo nuestro control, sino desarrollar la confianza necesaria para seguir avanzando incluso cuando no sabemos exactamente qué nos espera.
Para ello, no siempre necesitamos más información ni encontrar escenarios que nos garanticen que todo saldrá bien. En muchas ocasiones, lo verdaderamente importante es aprender a gestionar las emociones que despierta en nosotros la incertidumbre, como el miedo, la ansiedad o la inseguridad. La terapia psicológica puede ayudarnos en este proceso, proporcionándonos herramientas para regular nuestras emociones, tolerar aquello que no podemos controlar y confiar más en nuestra capacidad para afrontar las dificultades que puedan surgir.
Porque vivir no consiste en tener todas las respuestas antes de comenzar, ni en disponer de garantías sobre lo que sucederá. En buena medida, consiste en aprender a avanzar a pesar de las dudas, aceptando que algunas preguntas permanecerán abiertas y confiando en que podremos afrontar lo que venga cuando llegue el momento.
Ana I. Bonito Mateos
Psicóloga Col. Nº M-36648
Centro Psicológico Loreto Charques




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