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“Mi hijo está siempre enfadado”: entender la ira en la adolescencia.

  • Foto del escritor: Centro Psicológico Loreto
    Centro Psicológico Loreto
  • 25 feb
  • 3 Min. de lectura
“Mi hijo está siempre enfadado”: entender la ira en la adolescencia.
“Mi hijo está siempre enfadado”: entender la ira en la adolescencia.

“Mi hijo está siempre enfadado”: entender la ira en la adolescencia.


“Está todo el día enfadado.”

“Salta por cualquier cosa.”

“Le dices algo y explota.”


Muchos padres llegan a consulta con esta preocupación. No hablan de tristeza, ni de ansiedad. Hablan de rabia. De portazos. De contestaciones secas. De un adolescente que parece vivir a la defensiva.


La ira en la adolescencia suele asustar. Descoloca. Y a veces activa también la rabia del adulto, entrando en una escalada que deja a ambos más lejos de lo que estaban.


Pero la pregunta importante no es por qué se enfada tanto.  La pregunta es: ¿qué está protegiendo esa ira?


Desde una mirada centrada en la emoción sabemos que la ira no suele ser la emoción primaria.

Es una emoción poderosa, movilizadora, que da sensación de fuerza y control. Por eso aparece con tanta facilidad en una etapa donde la identidad está en construcción y la vulnerabilidad es intensa.


Bajo muchos enfados adolescentes encontramos vergüenza.

Encontramos miedo a no estar a la altura.

Encontramos sensación de injusticia.

Encontramos frustración por no sentirse comprendido.

A veces encontramos tristeza que no sabe cómo mostrarse.


Para un adolescente, admitir “me siento pequeño”, “me siento inseguro” o “me duele lo que ha pasado” es exponerse demasiado. La ira, en cambio, protege. Eleva un muro. Evita que el otro vea lo frágil.


Esto no significa justificar conductas irrespetuosas o agresivas. Los límites siguen siendo necesarios. Pero comprender la función de la emoción cambia la manera de responder.


Cuando el adulto solo ve desafío, responde con control.  Cuando el adulto empieza a ver dolor, puede responder con firmeza y conexión a la vez.


Muchas veces, detrás del “déjame en paz” hay un “no sé cómo explicarte lo que me pasa”.  Detrás del portazo hay una sensación de no haber sido escuchado.  Y detrás de la agresividad verbal hay una experiencia interna que desborda.


La adolescencia es una etapa donde el sistema emocional está especialmente activado. El cerebro aún está madurando en su capacidad de regulación, pero la intensidad emocional ya es alta. Por eso el acompañamiento adulto es clave: no para eliminar la emoción, sino para ayudar a comprenderla y regularla.


Cuando un padre o una madre consigue decir:  “Veo que estás muy enfadado. No me gusta cómo me hablas, pero quiero entender qué te ha dolido”,  está abriendo una puerta distinta.

No siempre se abrirá en ese momento. A veces habrá más resistencia. Pero el mensaje que queda es poderoso: tu emoción no me asusta, y nuestra relación es más importante que esta discusión.


La ira en la adolescencia no es necesariamente un problema en sí misma. Puede ser una señal de que algo necesita ser mirado con más profundidad. Lo preocupante no es que exista enfado, sino que debajo haya soledad, vergüenza o desesperanza que nadie esté viendo.


Acompañar en esta etapa implica aprender a leer más allá de la conducta. Sostener límites claros sin romper el vínculo. Y recordar que, aunque el enfado parezca ocuparlo todo, sigue habiendo un adolescente que necesita sentirse comprendido.


Si la intensidad de la ira es muy alta, si aparecen conductas agresivas, aislamiento extremo o un deterioro significativo en el funcionamiento diario, puede ser recomendable consultar con un profesional. A veces, contar con un espacio terapéutico permite que el adolescente pueda explorar lo que hay debajo del enfado con mayor seguridad y ayuda también a la familia a encontrar nuevas formas de relación y acompañamiento. Pedir ayuda no es una señal de fracaso, sino un acto de cuidado hacia el vínculo y hacia el bienestar emocional de todos.


Elena Jarabo Blasco

Psicóloga Col. Nº M-40602

Centro Psicológico Loreto Charques

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